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El
dolor es una condición de los seres humanos porque
nacimos en esta condición dualista. Te puedes preguntar
por qué tenemos que sufrir o por qué debo padecer
tanto dolor en la vida. Esta pregunta tendrá tanta
fuerza según desde donde venga, es decir si viene del
cuerpo, de la mente o de las emociones el dolor seguirá
enraizándose aún más adentro. Porque
el dolor crece como enredadera. Es un estado latente que fluctúa
como la marea. Es cierto que si te golpeas es real el dolor.
En el plano anatómico no se discute. Pero siempre sentirás
dolor, así como placer. Entonces la pregunta es quieres
arrancarte de ambos. No quieres seguir sufriendo, no quieres
que el resto sufra. En fin, es una pregunta que entra en la
práctica de asanas o posturas físicas de yoga.
El dolor que causa una postura determinada es simplemente
para que aprendas que no eres ese dolor. Que tú eres
más que ese dolor. Que debes mirar con expansión
de conciencia y no con limitante miopía. Sé
que decirlo y practicarlo es diferente, pero de esto se trata.
Cada célula de tu cuerpo tiene registros o memoria
de dolor o experiencias emocionales, un dolor, una sensación
aunque parezca burda o gruesa, tiene un cristal de memoria.
El revivirlo, aceptarlo y transmutarlo es la fórmula.
Hacer yoga no tiene que transformarse en una mecánica
del dolor por si misma, sino no en una visión del alma,
así como cuando subes un cerro, te cansará obvio,
pero la dulzura de estar en la cima borra lo anterior. Todo
el dolor trae consigo placer y todo placer trae consigo el
dolor. Así que tu práctica es aceptar e ir más
allá de ello. Por eso esta la respiración para
beber ese bálsamo cuando lo necesites. El estado debe
ser prashanti, vislumbrar y experimentar la paz en todo instante,
en medio de la tormenta o en una playa calmada. Perseverar
es estar conciente, atento, alerta y aprender a reconocer
que dolor es que dolor. Saber detenerte cuando debas y saber
exigirte cuando debas.
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