Pensamiento, habla y cuerpo
para los yoguis están intrínsecamente ligados
en una expresión de la naturaleza cambiante. Así
como el agua se presenta en diversos estados, la energía
vibrante vive en la creatividad y en su constante transformación.
El sonido es un estado de la vibración que se expresa
a través del habla en su esqueleto matriz como canto
y música.
“La música es nuestra forma de expresión
más antigua, se inicia con la voz y con nuestra necesidad
avasalladora de establecer contacto con los demás.
La música toca más profundamente nuestros
sentimientos que la mayoría de las palabras y nos
hace responder con todo nuestro ser”. (1 Yehudi Menuhin
y Curtis W. Davis, “La música del hombre”,
1979 Fondo educativo interamericano)
“La pureza del sonido expresa la ética más
elevada, la moralidad más vigorosa y nuestros nobles
sentimientos. Nos despoja de nuestro yo mezquino, nos habla
de un hombre en paz consigo mismo y con Dios, y refleja
el ritmo de una sociedad que ha consolidado su fe y su seguridad”.
Así la expresión está en su sentido
más elevado, en la cumbre de la capacidad humana
de revelar su universalidad. El Uno y el Todo constituidos
al unísono. La experiencia y la conciencia se sutilizan
a través de la percepción sensorial y se radica
en una memoria culta y entonando un recto actuar. Por eso
Patañjali escribió primeramente un tratado
sobre gramática, seguido del tratado de Ayurveda
y finalizó con los Yoga sutras; reunió e interconectó
el sonido - palabra, salud corporal y la naturaleza que
nos rodea, con la elevación de ellos en el estado
de total absorción y unidad: habla, cuerpo y conciencia.
Así podemos profundizar nuestro estudio desde esto
tres aspectos, teniendo en cuenta que “la música
(sonidos) es un espejo del proceso mismo del pensamiento”
nos conecta con la realidad total de vibraciones ilimitadas.
Es como sacar el techo de nuestra casa y quedarnos bajo
un techo amplio estelar. Destapar los condicionamientos
en nuestra azotea de la mente a un lenguaje millonario del
claves.
Yehudi Menuhin dice “…la música se compone
de vibraciones audibles, deseo considerar brevemente el
oído humano. ¡Qué instrumento tan exigente
e infatigable; siempre pide satisfacciones y nunca descansa!
Me parece simbólico que tengamos párpados
en los ojos, pero que nuestros oídos no posean ningún
organismo de cierre que nos permita sustraernos de los ruidos
circundantes. En su mayor agudeza, nuestro oído puede
captar sonidos que vibran a menos de 30 pulsos por segundo
y prosigue hasta más de 15 mil vibraciones por segundo.
Pero esos sonidos sólo son parte de una gama mucho
mayor de vibraciones que puebla el universo. Podemos detectar
algunos de esos movimientos rítmicos como pulsaciones
definidas - por ejemplo, el latido del corazón, cuyo
ritmo promedio es de 72 por minuto- y otros los podemos
ver. Como las olas del mar, el ciclo del día y la
noche, las fases de la luna, el cambio de las estaciones.
Otras vibraciones escapan a nuestros sentidos concientes…el
universo tiene también ondas mucho más rápidas
que fluyen a través de la materia y nos traspasan
como si no existiéramos, y otras que se mueven con
tanta lentitud que tardan años en pasar por nosotros.
El sonido está en el corazón de la escala
de vibraciones, pues comienza donde el tacto termina y finaliza
precisamente donde se inician las ondas de radio. Creo profundamente
que la música nos ayuda a mantenernos en contacto
con todo el mundo vibratorio.”
La condición del sonido trae en si algo maravilloso,
la efímera pero vital esencia de Brahman creativo,
y Siva transformador. ¿Puedes poseer el sonido o
atraparlo? Tiene límites de propiedad, en esta sociedad
donde todo se envasa y se coloca dentro de otro artefacto
para su dominio y conservación. El sonido es libre
eterno y magno en el corredor divino. Lo captas y lo sueltas.
De alguna manera la música de India y así
también el sonido vibrante de la voz palpita en el
camino de la gratitud y adoración divina expresada
en la naturaleza. “El raga indio se interpretan según
la hora del día, o el momento, y une al ejecutante
y al oyente con la naturaleza en forma única. Es
como un río que fluye siempre y cambia sutilmente
en su paso, no como la occidental que es como la construcción
de un edificio sobre bases fijas. Este río sonoro
no provoca contrastes bruscos de estado de ánimo,
como la occidental, sino conserva su mismo carácter
durante horas. Cuyo propósito es crear una forma
de ser, no introducir al oyente en una exprimidora emocional”.
Así el sonido es un vehículo de elevación
de conciencia, donde las imágenes acústicas
desvisten a la experiencia del yo en un juego de vibración,
llevando al océano de la conciencia total, donde
la gota se funde en el vasto mar. El yo individual deja
de reproducirse como tal enfrascado en su reiterado renacer
y se fusiona a un completo vacío total. Así
como el movimiento alimenta el cuerpo grueso, el sonido
y su vibración nutre el cuerpo sutil (astral) y esta
unidad compone la sinfonía de la conciencia Superior
con el cuerpo causal.