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IYENGAR YOGA SANTIAGO DE CHILE

 


 

 







 

CÓMO EL YOGA CAMBIÓ MI VIDA
por Andrés Julio practicante yoga


Empiezo estas líneas justo a un año de mi primera clase de yoga, el 5 de enero de 2008. Un año transcurrido me parece un buen lapso para poder graficar el inmenso cambio que generó en mí la práctica de esta disciplina, y quiero compartirlo con ustedes.

A la fecha arriba mencionada, yo pasaba por un momento muy negativo en mi vida y necesitaba un cambio casi con urgencia. Estaba lleno de inseguridad, incertidumbre, frustraciones, rencores y temores que francamente no sabía cómo enfrentar. Sabía que, así como iba, me iba a costar un mundo y una eternidad lograr todas mis metas. En mi casa decía que quería meterme a alguna actividad recreativa para distraer mi mente, y mientras pensaba en todo esto, Rodrigo, un compañero de universidad que me habló de estas clases que se hacían en el Huerto, en Providencia, a las que él llevaba yendo unas semanas.

Se me habían pasado por la cabeza varias cosas, pero no le yoga. Debo agradecerle eternamente, porque, para variar, yo dudé de ir y empecé a darme vueltas, pero él me insistió y terminé aceptando. Ese sábado al irme, me iba a juntar con otro compañero, Eduardo (Charly) para ir juntos. Yo, por supuesto, estaba nervioso de encontrarme con un nuevo grupo de gente y en una actividad desconocida. Llegué, conocí a Richi y me integré a la clase. Recuerdo poco, pero sé que sentí dolores, estrés e incomodidad física que jamás antes había experimentado. Era incómodo, porque yo realmente era un tronco, pero muy pronto vería los resultados, pues justo ese día, Alejandra, una compañera, invitó a toda la gente a su casa a almorzar. Desde ese instante sentí un cambio notorio en mí. Estaba más animado, más relajado, con más ganas de socializar. Me sentía realmente a gusto con todos esos compañeros a quienes no conocía en lo absoluto.

Pese a lo anterior, aún no estaba totalmente convencido de seguir en esto. Fui el siguiente sábado porque ya sabía como era, no porque ya pudiera dimensionar a cabalidad todos los beneficios que estaba obteniendo. Como yo estaba acostumbrado a ir al gimnasio y trabajar con pesas y máquinas, este nuevo tipo de esfuerzo físico me resultaba desagradable, incómodo. Pero pasaban los días y cada vez sentía que algo cambiaba: sobre todo, que estaba de mejor humor. Eso fue notorio. Dejé atrás esa constante sensación de negativismo que me embargaba durante gran parte del día; aprendí a nivelar las emociones: ni muy feliz o entusiasta, ni muy estresado, enojado o triste. Y ahora, a un año de haber comenzado, está claro que ése es uno de los mejores beneficios que he obtenido, porque antes me caracterizaba por estar durante diez minutos muy contento o simplemente tranquilo, y luego bajonearme e incluso a veces angustiarme si se me venía a la mente cualquier elemento que me desestabilizara psicológicamente, esto siempre en cuanto a las relaciones interpersonales. Me considero una persona empática pero siento que el yoga me ha desarrollado más esa característica, y entender mejor a las otras personas ha sido clave para sentirme más seguro en mis propias cosas y en cómo enfrentarlas a ellas.


 
 

 

Durante las clases de yoga he tenido la posibilidad de enfrentarme a todos mis pensamientos como en ninguna otra circunstancia antes vivida. En los ejercicios que me causan un dolor y/o molestia muy grande, mi mente se llena de ideas cómodas y muy fáciles de asimilar, como música, fútbol, y cualquier cosa que me agrade; en muchos casos, esa molestia se apacigua durante el tiempo que dura la postura y los pensamientos mutan; poco a poco empieza a surgir lo que la mente tiene más oculto, posiblemente debido a que esa superación física conlleva un inmediato salto mental y puedo enfrentarme con lo que me disgusta. Una compañera, Alejandra, dijo una vez algo muy importante, que normalmente creemos que la mente quiere que nos esforcemos más pero el cuerpo se niega, cuando en realidad es al revés. Así lo siento yo al menos. Entonces, como yo decido dejar que mi cuerpo se someta a esa incomodidad de la postura, la mente necesita defenderse. Richi lo sintetiza muy bien: la rabia, el estrés y la incomodidad es pelear con nosotros mismos. Nos dice que eliminemos la violencia, el conflicto, y ahí está la clave. Muchas veces, cuando siento ese dolor que me hace querer abandonar la postura antes de tiempo, descubro que todo viene de las debilidades y defectos que tengo a nivel psicológico: la agresividad, la impaciencia, la violencia; cosas que a nivel consciente uno no cree tener, o al menos no en ese grado.

Con las posturas cómodas en un principio partía enfrentándome a los malos pensamientos, pero he llegado a un estado en que, aún cómodo físicamente, puedo pensar armónicamente. La concentración y la templanza son las grandes aliadas de este proceso. Ahora soy capaz de concebir, concretar y asociar ideas de diversos tipos de un modo que antes me era imposible. Es como si fuera más inteligente pero no, mejor aún, ahora conozco más y mejor mi mente y puedo sacar más beneficios de ella.

Así, le fui tomando gusto al dolor del yoga y, también, a esa especie de miedo que me generaba enfrentarme a ese dolor. En mi cabeza hacía la siguiente ecuación: miedo más dolor y estrés en la clase = paz interior afuera. Y a medida que eso se concretaba, más quería yo. Me fui haciendo más amigo de mi cuerpo sin buscarlo. No era tema para mí antes; no sabía que ésa era la vía para que mi mente estuviera tranquila. Todo proviene de adentro, de nuestro interior y ha sido uno de mis hallazgos más valiosos.

Antes no estaba totalmente consciente de mis propios defectos, y en la práctica del yoga descubrí, por ejemplo, que tenía mucho más ego de lo que pensaba. Yo pensaba que era humilde, mesurado y poco ostentoso; sin embargo, el solo deseo de forzar una postura o asana para avanzar más rápido, tratar de durar más tiempo cuando todos habían terminado, para que los demás me vieran y me admiraran, o simplemente para sentir que estaba a la par con los más avanzados, me hicieron darme cuenta de que estaba buscando algo superficial, algo que a la larga no me serviría de nada. Porque prefería eso a hacer una postura acorde con mi capacidad y avanzar de verdad, en lo que realmente importa: para mí mismo. No me tomó mucho tiempo perder de vista ese horizonte; bastaron las primeras semanas, cuando ya la gente no se mataba de la risa –siempre en buena onda- viendo mis caras de sufrimiento por intentar posturas tortuosas; empecé a soltarme un poquito y me la creí. ¿Cómo me di cuenta? Seguramente porque, a medida que se reforzaba mi autoestima, también lo hacía mi humildad, y entonces empecé a sintonizar de verdad con los demás practicantes, quienes no buscan el lucimiento personal sino el autoperfeccionamiento. Ahora tengo presente ese detalle para que no se repita en otros órdenes de cosas.

Ahora no tengo problemas en decir esto tan francamente porque lo asumo como una debilidad que encontré en este camino tan largo y difícil. Y creo que a otros les puede servir de guía si es que han pasado por lo mismo.
La práctica del yoga implica un cambio en los horarios y en los hábitos. El sueño que me daba la levantada temprano para ir a las clases de la mañana, me causaba estrés y muchas veces he tenido la tentación de seguir durmiendo, pero entonces me digo a mí mismo que cada vez que me permito hacer valer la flojera por sobre el sacrificio, me estoy quitando una posibilidad de superar todo lo que hace sentirme limitado. Y eso es imperdonable. Entonces me levanto y me aguanto el sueño. Y casi siempre ha resultado que esa clase es sumamente enriquecedora para mí, y me alegro de la opción que he tomado.

La visión del entorno sufrió en mí un giro casi de 180 grados. Ya años antes el tiempo me había enseñado que, a medida que la autoestima se desarrolla –y lo digo yo, que soy muy inseguro- la visión de las cosas cambia. En todo aspecto, incluso en cosas en las que uno no cree que está implicada la autoestima. Personalmente, he descubierto que en cierta medida sí lo está, en todo; que todas nuestras virtudes y defectos están supeditados a cuánto nos valoramos, aceptamos y respetamos a nosotros mismos. Sobre esa base, he descubierto muchas cosas y he aprendido a ser menos egoísta, más conciliador, más jugado; en síntesis, he aprendido a dar más de mi mismo. El miedo me impedía hacerlo. ¿Miedo a qué? A quedar desprotegido, desguarnecido ¿de qué? No lo tengo tan claro. Eso es parte de ser inseguro. El miedo al cambio, a pesar de que el inconsciente te dice que ese cambio es necesario, pero en la mente se materializa el dicho de que más vale malo conocido que bueno por conocer.

Otra cosa fantástica fue el adiestramiento de mi mente para combatir las malas ideas; todo lo que me hiciera daño psíquicamente: la inseguridad, el nerviosismo, el rencor, la frustración. ¿Cómo se logra eso? Aprendiendo a controlar la incomodidad física y, a partir de ella, buscar la comodidad. Para mí es un proceso tanto físico como mental. Como dije antes, las posturas del yoga me incomodaban, me dolían, me generaban estrés, rabia y ganas de mandarlo todo a la mierda. Pero algo en mi interior me decía que siguiera, que aguantara hasta donde pudiera; que ésa era una oportunidad única de dominar los problemas en lo inmediato ¿qué problemas? Todos; los más evidentes e inmediatos primero: ser cómodo, porque a mí me gustaba y me gusta la comodidad y rechazaba y ahora rechazo o me asusta cada vez menos lo que me aleja de ella; la neura, la rabia y la ansiedad, porque cuando no me resultaban las cosas, me desesperaba; la falta de voluntad para sacrificar el bienestar a favor que de lo que necesito.

Pero, sin duda alguna, el reforzamiento de mi autoestima es lo que más destaco. Antes me costaba mantener una conversación con gente desconocida o discutir hasta el final, solía ceder luego y a menudo abstenerme de acercarme a las personas. Los ejercicios del yoga me fueron haciendo entender que yo, con virtudes y defectos, estoy en una posición similar a la del resto y que tengo cosas que aportar a los demás, y que si meto la pata o caigo mal, simplemente tendré que esforzarme para hacerlo bien la próxima vez. Antes, aunque eso me resultaba, no sabía de antemano que pudiera; ahora lo sé. No del todo, claro, porque éste es un proceso largo, pero voy en ascenso y cuando me sucede algo frustrante, mi cabeza rápidamente lo procesa para dejarlo como un simple aprendizaje y no lamentarme. Antes era todo lo contrario, pues dejaba que cualquier pequeñez aniquilara mi psiquis, mi tranquilidad.

El resultado de todo este trabajo ha sido un proceso cíclico muy positivo en mi diario vivir: con la práctica del yoga he sentido que mis temores se alejan y he tenido nuevos bríos para hacer cosas. Hacer esas cosas ha generado el mismo efecto en mí que lo anterior, y entonces llego a la siguiente clase con una capacidad renovada, más, resistente, más perseverante, más concentrado, con menos estrés y más capacidad para combatirlo. Richi me lo dijo una vez aunque no recuerdo bien las palabras, pero la idea es se cierran algunos caminos ya recorridos para dar paso a otros. Son como decenas de ventanas que se van abriendo, y no sólo eso, sino que ignoro por completo que están ahí, y las veo sólo cuando se abren. De muchas de las cosas que para mí no tenían mucho sentido en el yoga, como los mantras y ciertas posturas, ahora he aprendido a sacar provecho. El dominio de la mente es un regalo impagable. Invito a todos los que lo buscan, a vivir la experiencia del yoga.

No puedo dejar de mencionar el grato ambiente que he encontrado con la gente que practica yoga. Es como si todos supieran lo que estoy buscando sin conocerme. La interacción con todos ellos me ha ayudado mucho a ser como soy ahora. Vaya a toda la gente de yoga mi agradecimiento. Espero seguir compartiendo con ellos por mucho, mucho tiempo.

Namasté.

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